Del pueblo de Huamantanga no solo proviene la papa sino también parte del agua que consumimos en Lima. Esta es la crónica de un viaje al origen de ese chorro de vida que cada mañana nos despierta e ilumina.

Huamantanga recibe a sus visitantes con una cruz, la del Señor de Huamantanga, una aparición de Jesucristo a la que se atribuyen poderes hídricos, según la leyenda. En este pueblo de la sierra de Lima no hay ni una comisaría, el agua abunda y las historias de milagros no son escasas.

Pisar Huamantanga es ya un milagro… Los pocos buses que trepan hacia los 3,500 metros sobre el nivel del mar parecen la evidencia de alguna gracia divina, pues para llegar a este lugar hay que ir por una trocha que asciende en espiral y su estrechez de sentido único hace rezar, sujetarse y suspirar a quienes van del lado de la ventana, a medio metro del abismo.

Incluso Ricardo Palma, en sus famosas Tradiciones Peruanas, calificó este camino de “endiablado”.

Quizá por ese riesgo o porque en Huamantanga sólo hay un teléfono público y casi no llega la señal a los celulares, la plaza y sus alrededores –no más de diez cuadras– lucen desiertas, casi como un pueblo fantasma.

Dicen que de día casi no hay rastro de existencia humana porque los 500 huamantanguinos están trabajando. Aunque por la noche tampoco se dejan ver mucho. Por lo general, su rutina comienza al alba y es al filo del atardecer, cuando el cielo comienza a estrellarse, que aparecen los primeros comuneros con sus palas, caminando en dirección a esas casitas con tejados rojizos.

En Huamantanga no hay pistas asfaltadas. Algunos tramos empinados agitan el corazón de los visitantes. El pueblo está sobre los 3,300 metros sobre el nivel del mar. Foto: Luis Palomino.

La plaza de Huamantanga cuenta con una placa que recuerda que la guerra con Chile también se peleó allí en 1883. Foto: Diego Pereira.

Hay tres cosas que pocos saben sobre Huamantanga: 1. que no es lo mismo que Huamanga –provincia de Ayacucho–, 2. que pertenece a Lima y 3. que allí el agua cuesta dos soles: 24 horas al día, los 12 meses del año.

Así es. Mientras que nueve millones de limeños renegaban de sed, suciedad e incertidumbre, cuando en febrero los huaycos cerraron nuestros caños y muchos se enteraron de que la capital del Perú es un desierto; en esa misma Lima, a tres horas y media del Centro Histórico, pasando Canta, los huamantanguinos continuaban su vida sin preocuparse por una sequía.

Rodeada de montes pegados al cielo, la geografía de Huamantanga fue bien aprovechada por nuestros antepasados precolombinos. Instalaron canales de piedra que durante las lluvias llevaban el agua hacia áreas de suelo poroso para recargar de esta manera el acuífero. Hoy los huamantanguinos continúan con esa técnica ancestral llamada “mamanteo” y con ayuda de las ONGs Aquafondo y Condesan han reconstruido los antiguos canales en las alturas. Para aprovechar al máximo cada gota que cae han hecho, además, dos represas artificiales que sirven como reservorios de agua para tiempos de estiaje. Una de ellas tiene una capacidad de más de 5 mil millones de metros cúbicos. La otra sólo 4 mil.

El ascenso hacia los picos de las quebradas no está exento de caminos al lado del abismo. Foto: Diego Pereira

Paisaje bucólico de la sierra de Lima. Foto: Diego Pereira

La lluvia es derivada hacia los canales mediante el mamanteo, una tecnología ancestral. Foto: Diego Pereira

La precaria economía de los huamantanguinos –hay menos de diez comercios en todo el pueblo– está basada en la agricultura y la ganadería. Y el agua es el recurso fundamental para su desarrollo. Por eso, para que nunca les falte, una vez al año los comuneros suben hasta la punta del cerro para hacer la faena: limpieza y mantenimiento de las amunas (canales por donde bajan las lluvias).

“El agua es salud, vida, hermano. Acá no hay ríos. Nosotros tenemos esos manantiales, nada más. Por eso hacemos las acequias. Tenemos quince acequias que hay que limpiar. Colchonetas también se hace”, explica el comunero Víctor Flores León. Luego alza su pala y rasca la tierra apisonada para dibujar un cuadrado. “Ahí se empoza el agua y se hace una filtración para que siga regando”.

De diciembre a febrero, época de lluvias, el mamanteo recarga los canales y los acuíferos.

 

Coquita y ron

El ascenso a los montes, que a un novato le tomaría tres horas, a ellos les demora sólo una. En ocasiones hasta suben con violinistas y cantantes, con cajas de cerveza y botellas de ron, para festejar el agua.

“Llevan su Cartavio. Coca. Su cigarro. Cuando se hace la limpia de las lagunas hay fiesta. Se bota la tierra, la champa. Las viudas, las señoras que son comuneras, te enfloran. Llevan rosas, dalias. A mí me han puesto claveles en el sombrero”, comenta don Fortunato Vicente, quien sonríe al evocar sus faenas. Tiene 83 y es comunero desde los veintiuno. Dice que la chicha de jora es buena para la energía. De hablar pausado, y con un acento más típico de los Andes que de Lima, Fortunato tiene unos ojitos huidizos que transmiten un rasgo común de los huamantanguinos: cierta desconfianza que se diluye para convertirse en esa mirada apacible, de quien conoce cosas de la vida que el habitante de la urbe ignora.

Don Fortunato recomienda tomar duchas a mediodía, cuando el sol calienta naturalmente el agua. Foto: Hildegard Willer

En Huamantanga el tiempo pasa lento, provincianamente. La plaza todavía es un espacio de reunión. Las personas se sientan a conversar. O simplemente se sientan. A pocos pasos de ella hay una tienda de abarrotes. Dentro, en una mesa cuadrada, don Fortunato y la dueña ven televisión. La señal les llega borrosa.

Huamantanga parece el lugar menos tecnológico del mundo. El polvo hace que los colores pierdan vitalidad. Aunque hay sol, se siente la baja temperatura. Cuesta lavarse las manos. El agua de la ducha cae fría, como un latigazo. Casi no hay ruido. Pero se come bien. A la manera serrana. Queso, mote, cancha. Los almuerzos siempre incluyen una sopa. Y la muña llega al final de las comidas para suavizar el proceso digestivo, que suele hacerse pesado en las alturas.

La tranquilidad de Huamantanga se ve perturbada por la llegada de unos estudiantes limeños. Se refugian en un hostal y por la noche empiezan a contarse historias de terror. Alguien habla del jarjacha, un supuesto demonio de los andes que se disfraza de ser humano para captar a sus víctimas. Otro advierte que este también practica el mamanteo. Un chiste universitario.

Los estudiantes cambian de tema y sus risotadas no dejan dormir a los huéspedes vecinos. Uno de ellos reflexiona: la mayor amenaza de Huamantanga no es una criatura fantástica, sino el olvido. La extinción de su tradición.

Observa: esas casas que circundan la plaza parecen de otro tiempo. Son de otro tiempo.

El pueblo está compuesto mayoritariamente por gente de la tercera edad. Muchos de ellos son padres o abuelos de huamantanguinos que migraron hacia Lima en busca de mejores oportunidades. De trabajo o de estudio. Lo que dicen: una mejor calidad de vida.

Quedarse a vivir en esta Huamantanga donde sólo hay un teléfono público, donde un televisor atrae y junta a la comunidad, donde la gente se despierta a las cinco para salir a trabajar sus tierras, donde huele a aliento de vaca o a pasto húmedo mezclado con abono, no parece una opción seductora para los hijos del emprendedurismo.

La velocidad y las luces de la capital parecen son sus ilusiones ópticas.

Por eso Huamantanga se va despoblando. Y todo indica que cada vez quedarán menos en este pueblo que alguna vez fue incendiado por los españoles, cuando la Independencia del Perú. Lo anecdótico es que en esa ocasión quemaron todo menos su iglesia, una bonita construcción arquitectónica que se distingue rápido cuando se mira el pueblo desde una cima. Todavía es el edificio más grande. Y sus dos torreones con campanarios y cruces como puntas advierten sobre la religiosidad que hay en el lugar.

Dentro de la iglesia se puede observar el resultado de una evangelización que, si bien inició con una visceral violencia –muchos fueron asesinados por sus credos–, finalmente acopló los motivos de fe de los huamantanguinos.

La religiosidad de Huamantanga se advierte desde la entrada al pueblo. Foto: Diego Pereira

El techo interior del templo imita el color azul marino de una noche salpicada de estrellas. En ella aparece Jesús conversando con personas que visten a la manera indígena: con sombreros, chalecos y sandalias. La ilustración titulada “Puquio de socos” sugiere la procedencia bendita del agua: Jesús hace la entrega de un pequeño manantial a dos agricultores. La religión que tanto alteró sus vidas durante la evangelización, hoy es su motivo de fiesta. Cada 3 de mayo cientos de visitantes resucitan Huamantanga.

Amén.

 

Agua para Lima

Según la Sunass, el agua de Huamantanga está abasteciendo a una parte del Cono Norte de Lima. A través del “mamanteo” se recargan los acuíferos que aumentan luego el caudal del río Chillón del cual proviene el agua para el Cono Norte.

Los huamantanguinos no son nada mezquinos con su voluptuosidad hídrica. Dicen que si Lima la necesita, ellos la comparten. Hasta ahora han almacenado el agua sin retribución alguna. Esto podría cambiar con el Mecanismo de Retribución por Servicios Ecosistémicos que quiere implementar Sedapal. El 1% de la tarifa de agua que todos pagamos se resguarda para ser invertido en el cuidado de los ecosistemas en las cuencas altas de la sierra de Lima.

Lo curioso es que en Huamantanga se habla de la gente de Lima como si no se sintieran parte. Tal vez porque, además de estar cercados en un mismo departamento, hay pocas cosas en común.

Comparada con Huamantanga, la Lima urbana parece futurista. Con esos carteles publicitarios que transmiten vídeos. Con McDonald’s, KFC y Starbucks. Con  carros, autopistas, rascacielos y gente que no despega los ojos de la pantalla de su celular.

Esa gente limeña cuya única preocupación sobre el agua es pagarla. Trabajar para pagarla.

No trabajarla. No cultivarla.

Cuando del caño no salga nada, a Huamantanga.

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