Abastecer de agua a millones de personas en una ciudad tan grande como Lima, ubicada además en un desierto, es solo posible gracias a la ingeniería. Ernesto Maisch Guevara hizo de esta tarea una misión de vida. A sus 95 años el ingeniero hidraúlico continúa publicando, en un blog, sus aportes para mejorar la calidad del agua potable de Lima.

Durante marzo último, Lima se quedó sin agua por días enteros. Fue una de las secuelas de la caída de múltiples huaycos sobre la cuenca del río Rímac. Pero aunque pocos lo saben, los cortes no se dieron en cuanto llegaron estas masas de lodo. En La Atarjea, dos estanques o reservorios de agua no tratada sirvieron como colchón durante unas horas. Hasta 1967, en el país no existía ningún reservorio de este tipo; es decir, no se almacenaban las aguas antes del proceso de tratamiento. Recién aquel año se creó el primer reservorio con esa función. Los reservorios de agua de La Atarjea son solo uno de los legados del ingeniero Ernesto Maisch Guevara.

No es exagerado decir que la familia Maisch está vinculada a la infraestructura sanitaria desde la primera generación de migrantes, cuando el biólogo alemán Karl Maisch llegó a Lima en 1914 para dirigir el Colegio alemán. En su viaje pasó por el Canal de Panamá, aún en construcción, y realizó una reseña sobre su importancia para el futuro de América y el Pacífico. Treinta y ocho años después, en 1952, su hijo Ernesto se convirtió en el Jefe de la Planta de Tratamiento de Agua Potable de Lima, La Atarjea, y desde ese cargo inició una serie de reformas para poder abastecer a los entonces casi 1.5 millones de habitantes, una población para la que se proyectaba un crecimiento del 5 al 6% anual.

Entre las reformas estuvo la construcción de la primera Planta de Filtros de La Atarjea. Hasta 1955, el agua limeña sólo se clarificaba, por ejemplo, con sedimentadores y se desinfectaba con cloro, mas no se filtraba. Esto resultaba insuficiente para eliminar la turbidez, las algas y la materia orgánica que presentaban las aguas captadas del río Rímac.

Primera Planta de Filtración de Lima que comenzó a operar en 1956. Fuente: Blog de Ernesto Maisch.

Cuando uno pasa por la autopista Ramiro Prialé, en San Juan de Lurigancho, puede observar la bocatoma o estructura de captación doble del agua del río Rímac, tanto por la margen izquierda como por su ampliación posterior por la margen derecha. Entonces el agua es canalizada hacia los reservorios de agua no tratada de La Atarjea.

Pero antes de esta construcción, aunque resulte increíble, el agua era captada en forma rústica desde el canal Surco, uno de los principales canales de irrigación que abastecía a la ciudad en los años sesenta. Aquella estructura, realizada durante el periodo de Maisch como jefe de la planta, significó la estabilidad de la captación de agua para el abastecimiento de la ciudad y resultó imprescindible para cubrir la demanda de agua potable para la ciudad de Lima, la cual no ha parado de crecer desde entonces. En la actualidad, la ampliación de la bocatoma de La Atarjea elevó su captación hasta 40 m3/s.

A fines de los años treinta, Ernesto Maisch era un joven que no superaba los 18 años. Decidió optar por un camino diferente al de su padre que era biólogo e ingresó a lo que hoy conocemos como Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), de donde se graduó en 1943. Una foto de esos años muestra a un joven delgado, de frente amplia, rostro afilado y tez clara, con un cigarro entre los dedos y una expresión tranquila.

Luego de culminar sus estudios en la UNI, Maisch viajó a Estados Unidos gracias a una beca que ganó para estudiar Ingeniería Sanitaria y Salud Pública en la Universidad de Carolina del Norte. A su regreso a Lima inició una larga carrera como profesor en su alma mater, carrera que duraría 22 años. Era una época donde tanto alumnos como catedráticos vestían con terno y corbata. “Entraba el catedrático y los alumnos se ponían de pie, era todo un ritual”, cuenta su sobrino y también ingeniero Guillermo Maisch Molina. Su tío, el ingeniero Ernesto Maisch, era temido y respetado por los alumnos por su honestidad y trato igualitario.

“Había una leyenda entre sus alumnos, nunca corroborada por él, que los exámenes antes de calificarlos los ponía en un cordel a tras luz y los examinaba todos y así detectaba si alguien se había copiado o no. Lo cierto es que anulaba exámenes por flagrante plagio y nunca nadie le reclamó… pues, decía: ‘La honestidad es parte de la formación’”, cuenta Guillermo Maisch.

 

El agua de Lima a través de la historia

Mucho antes de la llegada de los Maisch al Perú, los españoles siempre buscaron fuentes de agua para establecerse. Encontraron un manantial que se formaba donde ahora está la principal planta de tratamiento de Sedapal en Lima. En esa zona, el río Rímac pasaba por los cerros Quiroz y Santa Rosa, dos montañas costeras relativamente cercanas. El flujo de las aguas subterráneas seguían al río, y al encontrarse con las rocas, formaba un manantial. Le colocaron, entonces, ese nombre, pero ‘manantial’ es “La Atarjea” en español antiguo. De allí que la planta adquiere el nombre que tiene hasta hoy.

Este manantial fue aprovechado por los españoles durante 300 años, hasta inicios del siglo XX. Entonces se empezó a usar el agua superficial del Rímac. Dado que la primera actividad era la agricultura, este recurso era aprovechado básicamente con ese fin a través de canales de regadío. Luego, parte del agua superficial destinada a fines agrícolas comenzó a ser usada con fines de abastecimiento humano.

Poco a poco el consumo de agua de la ciudad y el cementado de áreas agrícolas fue cambiando el uso del agua. La primera obra de ingeniería realizada a raíz de que comenzó a faltar el agua en Lima, fue el encimado de las lagunas Santa Eulalia, entre los años 1935 y 1945.

La Atarjea. Reservorio de agua vital en momentos de emergencia y parte del legado de Ernesto Maisch. Foto: Christian Fernandez.

Pero Lima siguió creciendo. La ciudad está asentada sobre un aluvial, un material no consolidado y con muchos vacíos; esta morfología es perfecta para anidar agua, y en efecto eso ocurrió. Ya no se continuó con las obras superficiales, sino que se comenzó con un plan de pozos profundos: se hicieron alrededor de 400 pozos que fueron explotados para dotar de agua a Lima desde 1963 en adelante.

 

El túnel que llenó el caño

Actualmente, la población de Lima  supera los nueve millones de habitantes, un nivel de demanda que fue posible abastecer gracias a una megaobra de ingeniería construida también en los años sesenta y que yace desapercibida en las pampas de Cuevas, en la sierra de Junín. Unos canales artificiales son los únicos indicios de que esta pampa desolada a 4500 metros guarda en sus entrañas una gran obra de ingeniería. El agua traída hasta ese lugar termina en una caída artificial (pozo) y en un túnel cuyo perfil tiene doble pendiente.

El Túnel Trasandino, de más de 10 k.m. de largo recoge las aguas de la cuenca alta del río Mantaro de la vertiente del Atlántico para direccionarlas hacia la cuenca del río Rímac y por ende a la ciudad de Lima. Las aguas fluyen bajo este túnel a presión en gran parte de su recorrido y están protegidas por una infraestructura muy resistente e imponente. Las aguas que pasan por él son las de la parte alta del Mantaro y las de las lagunas de Marcacocha, Marcapomacocha y Antacoto. Este proyecto es más conocido como Marca I.

Guillermo Maisch, sobrino del catedrático de la UNI, trabajó en la ampliación de este túnel, entre 1981 y 1982. Lamentablemente, incluso esta mega obra de infraestructura —construida por iniciativa de la entonces Electrolima— terminó en desventaja ante el crecimiento poblacional de la capital.

 

Nuevos comienzos

A sus 49 años, Ernesto Maisch se retiró de la enseñanza universitaria y de Sedapal para trabajar en forma independiente. El Banco Mundial lo contrató como parte de su plan de financiamiento de obras de ingeniería en países latinoamericanos a inicios de los ochenta. Sin embargo, tiempo después regresó al Perú para ser director del 1er Plan Maestro de Agua Potable de Lima; desde entonces trabajó en múltiples proyectos para mejorar la infraestructura del agua potable en la ciudad, esta vez junto a su joven sobrino, el ingeniero Guillermo Maisch Molina.

Aquella etapa se extendió hasta 2002. Entonces apostó por incrementar su producción de textos y artículos técnicos desde los Estados Unidos.

Josué Céspedes Alarcón, su amigo y compañero de trabajo en Sedapal, describe a Ernesto Maisch como una persona seria, pero comprometida e identificada con su labor y sus conocimientos para resolver los problemas y oportunidades de la infraestructura del agua en Lima. Céspedes relata que no hace mucho consultó a Ernesto Maisch acerca de los nuevos retos del Túnel trasandino y este no dudó brindarle su tiempo, e incluso le alcanzó nuevos esquemas hidrográficos. “Cualquier iniciativa suya se publica, él nunca se cansaría de hablar de Sedapal y sus problemas”, afirma Céspedes.

El ingeniero Maisch Guevara junto a su reconocimiento como Doctor Honoris Causa de la UNI. Fuente: Archivo personal.

Tres son las amenazas para el agua en Lima, según Guillermo Maisch Molina: los huaycos como los ocurridos este verano; la contaminación biológica por residuos domésticos y la contaminación química por relaves mineros y otros desechos industriales. Las tres amenazas podrían contrarrestarse con una conducción fuera del cauce: es decir que el río Rímac se entube desde los 4000 metros, generando energía, hasta su entrega en las dos plantas de tratamiento existentes  y que de esta manera se evite su contaminación. Este es uno de los tantos proyectos inconclusos del ingeniero Maisch.

La pasión que Ernesto Maisch siente por sus proyectos se ven plasmados, no sólo en acciones, sino también en un blog.

Una biblioteca virtual con la que hoy, a sus 95 años, sigue dotando de conocimientos a futuros ingenieros sanitarios y al público en general. Su blog, que se puede encontrar en cualquier buscador con solo escribir su nombre completo, recopila artículos técnicos sobre los recursos hídricos en la provincia de Lima y otros temas conexos, escritos por él mismo. Es su hijo Enrique Maisch quien le ayuda en la gestión de la página actualmente.

Hace dos meses la UNI, casa de estudios que lo formó y a la cual también sirvió como profesor, lo nombró Doctor Honoris Causa.  Maisch, por su edad y por ya no residir en Lima, no pudo recibir el homenaje personalmente. Un homenaje que no solo honra a un eminente ingeniero, sino que nos recuerda que es solo gracias al trabajo de hombres como él que nueve millones de limeños podemos vivir en el desierto que es nuestra capital.